La herencia de mi madre

La herencia de mi madre

Por María del Carmen Almeida

Mi madre era española. Tenía 5 años cuando arrancó la Guerra Civil y 8 cuando concluyó sobre un país devastado. Su madre falleció al poco de haber nacido ella y su padre murió durante la guerra. A mi madre y a su hermano, pequeños todavía, los separaron porque nadie podía hacerse cargo de ambos. Durante 3 años vivió con hambre, con bombas, con miedo. Tuvo que abandonar sus estudios de primaria. Y su amiga de infancia quedó jorobada porque quiso evitar que a su padre se lo llevaran “de paseo” y uno de los soldados la arrastró por la calle jalándola de un pie, para que acompañara a su padre.

Sin embargo, ella no nos legó amargura, tristeza, miedo, odio, afán de venganza. Todo lo contrario. Nos inculcó perseverancia, amor al estudio, carácter indómito, pasión por la libertad, ganas de salir siempre adelante, una tendencia irrefrenable de crecernos ante la adversidad. Ah, y la ciudadanía española.

Entonces, ahora que el Economista Correa avasalla el emprendimiento personal y lo convierte en propiedad del estado, vuelvo a la entraña materna y me crezco, me rebelo, me indigno. Salgo a las calles y grito por mi derecho a trabajar por lo míos. Grito hasta quedarme ronca por la libertad, la democracia, el Ecuador, mi Ecuador, mi legado, el legado de mi madre.

Y no comprendo. No comprendo cómo Correa puede decir que la movilización ciudadana es una conspiración; cómo puede denigrar la riqueza; cómo puede, sin sonrojarse, afirmar que las leyes a la herencia y a la plusvalía sólo afectan a los ricos. Él estudió economía, yo no, pero es de Perogrullo que toda medida confiscatoria que afecta a la riqueza, atenta contra el empleo, el ahorro, el emprendimiento, la inversión, el progreso. Y si eso no afecta a los pobres, que por favor nos diga el Economista Correa dónde aprendió a subvertir el sentido común.

En cuanto a la conspiración, he estado en las calles, con muchísimos ecuatorianos más y juro ante Dios que aquí no hay conspiración alguna. En las calles hay gente de todos los estratos sociales, indignada, emputada, angustiada, porque les arrebatan, sin ton ni son, el derecho a ser, crecer y prosperar. También hay gente mayor. Eso me impresionó: Algunas mujeres ajadas, canosas, encorvadas, pero dignas, dignísimas, no necesariamente ricas, pero con un estilo y una clase que el Economista Correa jamás podría reconocer. Hay que tener clase para reconocer la clase. Y no estoy hablando de dinero ni de rancia aristocracia; estoy hablando de decencia.

También heredé de mi madre un desprecio absoluto por el comunismo, ese que confisca la ilusión, la esperanza, los sueños, el deseo de progresar y ser mejores; ese que apresa a los opositores, amedrenta y siembra miedo; ese que levanta muros para que la gente no se vaya; ese que asesina a hombres, mujeres y niños porque intentan escapar a la libertad. Y con estas leyes trasnochadas que quita y pone Correa; con esas declaraciones destempladas sobre el odio a la burguesía, uno se pregunta si lo que quiere es implantar el comunismo en nuestro país. Porque da la sensación que busca repartir pobreza, no crear riqueza; que busca sometimiento, no emprendimiento; que hace carreteras, pero no construye vías de solución; que aborrece la libertad, el respeto, el diálogo, la concertación, la decencia. Es como si se empecinara en exacerbar al país, crisparlo, zarandearlo, dividirlo, debilitarlo, acabarlo…

¿Será eso lo que quiere?

Si es así, me temo que tendrá que acabar con todos nosotros porque nosotros no nos vamos y tampoco lo vamos a permitir. Este país, que Correa nos quiere arrebatar, está grabado a sangre y fuego en el espíritu de la patria. Ha sido nuestro país desde tiempo inmemorial. Es nuestra identidad, nuestra tierra, nuestra pacha mama. Yo tengo nacionalidad española, pero soy ecuatoriana. Aquí están mis alas y mis raíces. La nacionalidad española queda para mi hija, por si Correa le niega a la próxima generación el derecho a ser, crecer y prosperar.

Por último, me refiero a Correa como Economista Correa, en vez de Señor Presidente, porque él no es mi presidente; no me representa, no habla a nombre mío ni a nombre de miles (¿millones?) de ecuatorianos. Él se negó a sí mismo ese derecho y esa obligación al insultarnos, denigrarnos y humillarnos cada vez que puede. En lo que a mí respecta, es simplemente el hombre que transitoriamente ostenta el poder—todos los poderes—pero no tiene legitimidad. Ya no la tiene.

Y desde luego, señor dejó de ser hace muchísimo tiempo si es que alguna vez lo fue. Sólo es economista.

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