El milagroso

El milagroso

Francisco Febres Cordero

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Recorre el mundo predicando el milagro ecuatoriano y, con su palabra, hace que los ciegos oigan, los sordos vean, los mudos caminen y los paralíticos coman. Quienes le escuchan le colocan en el púlpito y, lanzando loas en su nombre, le chantan en la cabeza una vistosa aureola de terciopelo, mientras le rinden tributo con todos los honoris causa de que disponen, como una prueba de que creen que los milagros existen.

El milagroso aprovecha que en estos tiempos de ateísmo, legalización del aborto y la marihuana, duras batallas por el respeto a los derechos humanos y la libre expresión, ciertos papas que han hecho mucho menos prodigios que los que él exhibe están siendo vertiginosamente santificados. Por eso, el milagroso multiplica día a día sus milagros que le conducirán a ser aclamado como el más milagroso de todos los milagrosos.

Y en realidad son tantos y tan sucesivos sus milagros que causan estupor. Como sus feligreses lo recuerdan siempre con unción, bautizó a varios herejes que hasta entonces habían ido por el mal camino de la partidocracia y habían estado en compañías luciferinas y, con solo una imposición de manos, los elevó al reino de sus elegidos, desde donde comparten el evangelio revolucionario junto con los tres apóstoles mayores: Alexis Mera y los hermanitos Alvarado, encargados de dar sustancia y forma a su proyecto revolucionario. ¡Milagro, milagro!, exclama hasta ahora con estupor la gente aglomerada en las puertas de las sabatinas, donde se rinde al milagroso el merecido tributo semanal y se escucha con devoción su sacrosanta palabra.

¡Milagro, milagro!, gritan también sus feligreses cuando, luego de haber anunciado que no se explotará el petróleo del Yasuní, el milagroso, que puede fácilmente convertir el agua en vino, se prepara a convertir la selva en pozos.

¡Milagro, milagro!, exclaman sus fieles cada vez que el milagroso hace el milagro de convertir en terroristas y saboteadores a los estudiantes, a los indios, a los caricaturistas, a los músicos, a los transeúntes que protestan, y enviar al infierno del escarnio o de la cárcel a todos aquellos réprobos que le contradicen.

Y ¡milagro, milagro!, gritan quienes escuchan cómo, apenas expresa su deseo de sancionar a quien considera su enemigo, la Fiscalía y la justicia actúan de inmediato porque comprenden que toda palabra que sale de la boca del milagroso es una orden.

Los milagros del milagroso no conocen barreras: él hizo el milagro de convertir en país lo que hasta su milagrosa aparición era una tierra de nadie, sin leyes, carreteras, puentes, escuelas, hospitales, ni hombres que pensaran en el bien común, excepción hecha de Eloy Alfaro, un santo en cuya vida se inspira el milagroso y cuyo destino de mártir quisiera compartir, para lo cual llegó a abrirse la camisa y gritar ¡mátenme!, haciendo el milagro de que nadie disparara.

El prodigio de haber transmutado la democracia en una dictadura donde él tiene controlados todos los poderes es, sin duda, su mayor portento, y por eso lo va pregonando por doquier y –¡loado sea el milagroso!– lo ha sacramentado como “el milagro ecuatoriano”.

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