Llamando a Estados Unidos: ¿hola?, ¿hola?, ¿hola?, ¿hola?

Llamando a Estados Unidos: ¿hola?, ¿hola?, ¿hola?, ¿hola?

Thomas L. Friedman
Sábado, 9 de noviembre, 2013

Habiendo vivido y trabajado en el extranjero durante muchos años, soy sensible a las cambiantes maneras en que los extranjeros ven a Estados Unidos. Con el paso de los años, he visto un Estados Unidos que fue respetado, odiado, temido y amado. Pero, en un viaje por China y Singapur la semana pasada, enfrenté repetidamente una actitud hacia Estados Unidos que nunca antes había oído: “¿Qué les pasa a ustedes?”.

Sea que fuéramos temidos o amados, Estados Unidos siempre era el imponente estándar contra el cual otros eran comparados. Para muchos, lo que construimos y lo que soñamos era la definición del futuro. Bien, actualmente, para muchos, parecemos la definición de un conductor borracho; como un mentor de toda la vida que ha caído en el exceso y ya no es predecible. Además, en cuanto a definir el futuro, el país que le mostró al mundo cómo unirse para poner a un hombre en la Luna, y derrotar al nazismo y el comunismo, transmite actualmente una política dominada por tres frases: “No puedes hacer eso”, “Está fuera de toda discusión” y “El presidente no sabía”. Un funcionario singapurense que ha estado viajando a Estados Unidos durante décadas me expresó su consternación ante su visita en Washington durante el cierre del gobierno y cómo la ciudad transmitía un aire de vejez y depresión emocional.

“Pocos estadounidenses están conscientes de cuánto ha perdido Estados Unidos en este reciente episodio de llevar la economía estadounidense al borde de un precipicio”, dijo Kishore Mahbubani, el decano de la Facultad Lee Kuan Yew de Política Pública aquí, así como el autor de La gran convergencia: Asia, Occidente y la lógica de un mundo. “ La gente siempre admiraba a Estados Unidos como el país mejor administrado, el más razonable, el más prudente. Y ahora, la gente está preguntando: ‘¿Puede EE.UU. administrarse solo y cuáles son las implicaciones para nosotros’” si no puede?

Al conversar con estudiantes universitarios de Asia, así como con profesores, diplomáticos y empresarios, esto es lo que yo extraería de lo que opinaban: “¿Realmente van a cerrar su gobierno de nuevo? ¿Cómo? ¿Quién hace eso? Además, por cierto, no crean que eso no incide sobre mi negocio acá, ya que tengo en mi poder muchos dólares y no sé cuál va a ser su valor. Aunado a esto, ¿cómo podría la gente que nos dio Amazon, Apple, Microsoft, IBM, HP y Google no ser capaz de construir un sitio web de cuidado de salud que sea funcional? Sé que tenía 5 millones de usuarios, pero, ¡hay 48 millones de indonesios en Facebook!”.

Peor aún, cada vez que uno visitaba China o Singapur, siempre era la gente en esos países la que solía estar a la defensiva cuando se hablaba sobre democracia. Ahora, como estadounidense, uno es el que quiere distanciarse de ese tema. Después de todo, ¿hasta qué grado deberíamos alardear de un sistema en el que se necesitan 20 millones de dólares para ser elegido para el Senado; o donde una mayoría de nuestros miembros de Congreso eligen a sus votantes a través de manipulaciones en vez de que los electores los elijan a ellos; o donde las leyes sobre el derecho al voto están siendo debilitadas; o donde legisladores pasan la mayor parte de su tiempo libre reuniendo dinero, no estudiando temas de importancia; o donde nuestro Congreso se ha convertido en un foro para el soborno legalizado; o donde acabamos de ver a una minoría de una minoría amenazando con socavar el índice de crédito de Estados Unidos si no revocábamos una ley promulgada sobre cuidado médico; o donde no podemos aprobar siquiera la ley sobre armas con mayor sentido común que prohíbe armas de asalto tras la matanza de escolares?

Aún no creo que habría mucha gente que aceptara el comentario publicado en la agencia oficial de noticias de China, Xinhua, tras el cierre del gobierno, sugiriendo que “quizá era buen momento para que el confundido mundo empiece a considerar la construcción de un mundo ‘desamericanizado’”. Sin embargo, Xinhua estaba en lo correcto con respecto a la confusión. Mucha gente aún se formaría en una tormenta de nieve para venir a Estados Unidos, aunque para demasiados eso no se debe a que seamos el “faro sobre la colina”, sino más bien “la camisa menos sucia”.

Singapur no es una democracia plena. Lo que tiene es un gobierno que despierta cada día preguntándose: ¿En qué mundo vivimos, y cómo aprovechamos de la mejor forma los recursos que tenemos para permitir que más de nuestros ciudadanos prosperen en este mundo? Pequeños detalles captan mi atención, como el ERP: el sistema electrónico de peaje (por sus siglas en inglés) que recibe a la gente cuando conduce hacia el centro de la ciudad y le informa cada minuto, a través de una valla electrónica, cuánto le cobrará automáticamente cuando usted entre conduciendo al centro de la ciudad. Ajusta constantemente el precio con base en el número de automóviles que caben cómodamente en las vías.

El equipo de Bush intentó encontrar un sistema similar para reducir la congestión y contaminación de Manhattan, pero fue echado por tierra por otros distritos y legisladores en Albany, Nueva York. Y eso es lo que más me molesta actualmente. No es solo que ya no podamos unirnos para poner a un hombre en la Luna. Es que ni siquiera podemos poner en práctica soluciones de sentido común que otros han dominado largo tiempo atrás: alguna forma de atención nacional de salud, control de armas, tarifas de peaje, un impuesto a la gasolina para escapar de nuestro lío presupuestario y de carbono.

Como me dijo Andy Karsner, el exsubsecretario de Energía que participó en el foro del New York Times aquí la semana pasada: “Esta es la primera vez que he visitado Singapur en la que su modernidad no es una novedad, sino un deprimente contraste”. Esto porque, agregó, uno sabe que toda la modernidad y prosperidad que se ve aquí “no se fundamenta en recursos naturales sino en un ingenio natural; así como en poner en marcha con facilidad mejores prácticas, muchas de las cuales se originaron irónicamente en Estados Unidos”.

Sea que fuéramos temidos o amados, Estados Unidos siempre era el imponente estándar contra el cual otros eran comparados.

© The New York Times 2013.

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