No la olvidaré jamás


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No la olvidaré jamás

Alfonso Reece D.

Debíamos hablar sobre los años setenta. Mis compañeros de panel hablaron entusiasmados de esa época. No compartí sus impresiones, les recordé que la mayor parte de esos años (1970-1979) este país soportó dictaduras populistas, que poco aportaron al progreso moral de esta nación. El pensamiento marxistoide o “progresista” campeaba en todos los ambientes y quienes discrepábamos éramos excluidos (¿Hemos retrocedido cuarenta años? Sí). Y qué decir del ámbito internacional. El pusilánime Jaime Carter de Estados Unidos encabezaba una generación de gobernantes occidentales insulsos, que veían impotentes caer en la órbita soviética un país tras otro. Fidel Castro pagaba el subsidio de Moscú enviando a jóvenes (en su mayoría afrocubanos) a morir en África defendiendo a tiranos corruptos y violentos, que se colgaban el membrete de socialistas. El culmen de esta tendencia fue la invasión soviética a Afganistán, que puso en claro que nadie les iba a parar el carro a los dictadores rojos en su afán expansionista. Pesimistas comenzábamos a preguntarnos si, a lo mejor, Marx tenía razón y el totalitarismo se impondría en todo el mundo.

Pero todo cambió en mayo de 1979 cuando Margaret Thatcher se convirtió en primera ministra del Reino Unido. Conocíamos poco a la que hasta entonces había sido jefa de la oposición. La anterior administración conservadora (1970-1974) había sido decepcionantemente tibia. Pero algo nos dijo que las cosas iban a ser diferentes con esta mujer enérgica. Su país estaba al borde de la quiebra, los sindicatos tenían bloqueada a la sociedad, la inflación superaba al 20%, Irlanda del Norte estaba en llamas y prácticamente no había crecimiento. Sobre todo había un ambiente de pesimismo y decadencia, tras haber pasado de ser la primera potencia mundial a principios del siglo XX, a ocupar un lugar secundario a fines del mismo.

La Dama de Hierro, como se la llamó, desechó las recetas intervencionistas de la socialdemocracia, redujo el gasto gubernamental, privatizó las empresas ineficientes y metió en vereda a los sindicatos. Los resultados no se hicieron esperar, la inflación bajó a niveles de un dígito y se recuperó el crecimiento, cierto que en cifras moderadas pero por delante de Estados Unidos, Francia y Alemania. En una hora luminosa para el mundo, gobernó junto con líderes de su talla como Ronald Reagan y Juan Pablo II, bien se puede decir que entre los tres derribaron la Cortina de Hierro. En eso, los dictadores asesinos que gobernaban Argentina dieron en la flor de invadir las islas Malvinas. Con Margaret no había tutías y los desalojó con un preciso operativo militar. Nunca un país derrotado como Argentina ganó tanto, puesto que la pérdida de la guerra concientizó al pueblo de ese país para liberarse de los déspotas criminales que los gobernaban. ¡Y sin embargo hay gente que se queja!

Viendo melancólico su funeral el miércoles pasado, exclamé: “¡Margaret, Ronald, Karol, ¿dónde están? ¡Qué siglo ramplón que nos toca vivir!”.

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