La dignidad de una renuncia

La dignidad de una renuncia
MARTES 12 DE FEBRERO DE 2013

Gustavo Domínguez
Quito, Ecuador

Benedicto XVI, sin estimarlo, ni ser ese su objetivo, ha dado una lección de dignidad que muchos cristianos de estos lares de la tierra necesitan emular.

Envestido de esa honestidad y humildad que solamente es característica de los verdaderos grandes, nos ha recordado que no existe jerarquía ni embestidura institucional en esta tierra que ponga a un ser humano más allá de sus capacidades físicas terrenales.

Su superioridad intelectual, su espiritualidad intachable, y su calidad de gran ser humano, le ha permitido a Joseph Ratzinger encontrarse con su mortalidad…que le ha abierto las puertas, con los más grandes honores, a la cima de la inmortalidad. A la que son solamente invitados unos pocos ídolos terrenales.

El líder de la iglesia católica, ha entendido que es necesario, cuando así lo dictan las capacidades físicas y la naturaleza humana, separarse del peso inmensurable de las grandes responsabilidades, prescindir del poder y los beneficios que brindan las altísimas jerarquías institucionales, para permitir que las mismas, sin importar su naturaleza, sigan su marcha sin obstáculos ni desconciertos que generen divisiones y malestar colectivo.

Joseph Ratzinger, se ha convertido en el adalid de la era moderna de la preeminencia de la institucionalidad sobre la personalidad de quienes las dirigen.

Probablemente, en términos espirituales, no podemos pretender que simples cristianos, por más que pública y ostentosamente invoquen su condición de tal y rogando favores personales a Dios, a vírgenes y a santos, manifiesten la talla de un hombre con la dignidad del Santo Padre.

Pero no es la religión, ni la superioridad espiritual lo que hace de Joseph Ratzinger un humano privilegiado, es la maravillosa humildad con la que enfrenta su realidad personal; que lo acerca más a sus ovejas y que estampa un sello divino en su respetable decisión.

La humildad, es seguramente el máximo honor con que Dios nos bendice como personas, permitiéndonos este don divino confirmar su cercana compañía en nuestro paso terrenal. Pero aquella falsa virtud de irremplazables, que la creen ejercer los ungidos por un grupo de intereses políticos, económicos y personales, y que desconocen desafiantemente sus propias limitaciones y debilidades, están condenados a largas y dolorosas agonías en el campo político, económico y personal.

Convenientemente, estas largas agonías, generalmente cuentan con importantes cómplices, para quienes la dignidad y la humildad no constituyen valores que engrandecen a las personas.

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