Aprender a decir gracias

Aprender a decir gracias

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Hace algún tiempo leí un artículo sobre lo difícil que es para las personas saber decir “gracias”; en otras palabras: lo que significa expresar oportunamente su gratitud por un detalle, un favor o una cortesía recibida. Algunos estiman que cualquiera de estos gestos son una obligación de parte de quienes generosamente los prodigan. Otros dejan pasar el tiempo esperando buenamente la oportunidad para cumplir, terminando por no hacerlo.

El artículo en referencia se grabó en mi mente y pude comprobar su importancia, recordándolo, más que nunca, con el comportamiento del doctor José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente por voluntad popular, a quien jamás se le escapaba el hecho de expresar su gratitud por pequeños que hubieran sido los detalles que sus amigos o partidarios tenían para él. Una nota suscrita a mano, un telegrama, una llamada telefónica con sus sinceras expresiones de reconocimiento eran los primeros gestos del presidente, agradeciendo las atenciones recibidas por ejemplo, cuando viajaba a alguna población y era invitado a una casa o descansaba en algún sitio.

Era la época del telegrama, vehículo de comunicación ideal en estos casos. Muchas veces encontré en la habitación de una casa particular por donde había pasado este verdadero señor, la nota enviada, enmarcada elegantemente y lucida orgullosa por el dueño de casa, tanto en una humilde vivienda como en una residencial de alto nivel.

Al día siguiente del triunfo electoral, encontrándose todavía como huésped en mi domicilio y teniendo sobre sus hombros la responsabilidad de planificar el nuevo gobierno, su primera preocupación fue llamarnos a un aparte a mi señora y a mí para indicarnos, que tanto nosotros como nuestros hijos seríamos huéspedes en la casa presidencial cada vez que viajáramos a la capital. Como era lógico, lo tomamos en calidad de uno más de sus actos de delicadeza.

En la Constitución Política vigente en 1968, se establecía que el Congreso Nacional iniciaba sus labores el 10 de agosto y que la posesión presidencial se realizaba el 1 de septiembre. Yo había sido electo diputado, así que me trasladé a la capital y tomé una habitación en el hotel Quito. Para la posesión del mando estábamos invitados con mi señora a la sesión solemne del Congreso y al brindis que se realizaría en el Palacio Presidencial. En igual forma, el presidente había invitado a sus buenos amigos de la Argentina, entre los que constaban prestigiosos juristas, historiadores, escritores, etc. y, por supuesto, a todos los dirigentes y partidarios que tanto lucharon por lograr el triunfo electoral, bastante apretado, por cierto.

En esa época se asistía a la sesión de transmisión del mando con frac y las damas con traje largo. Terminada la ceremonia y luego del discurso del presidente, donde esbozó su plan de gobierno, nos dirigimos al Palacio para festejar el triunfo. Un ligero brindis, las felicitaciones protocolarias y el doctor Velasco, enseguida se dirigió al despacho con su secretario y futuros colaboradores para firmar el acta de posesión y la designación del Secretario General y de los ministros de Estado. Calculo que este acto se demoró hasta las cuatro de la mañana.

Mientras tanto, Conto Patiño, senador de la República y vicepresidente de la Cámara del Senado, tuvo la gentileza de invitar al grupo de amigos extranjeros del presidente y a sus amigos personales, entre los que nos encontrábamos nosotros, a un elegante restaurante capitalino para terminar de festejar el triunfo.

Cerca de la seis de la mañana llegamos a la habitación del hotel y aun estábamos despojándonos del complicado frac y del traje de noche, cuando tocaron la puerta de la habitación y al abrirla me di un buen susto. Pues se trataba nada menos que de Édison Carchi, el hombre de confianza del presidente, su valet, su guardaespaldas, su chofer. Persona leal a toda prueba, capaz de jugarse la vida, sin pensarlo dos veces, por su presidente. Realmente me preocupó su presencia.

Me pasó por la mente que algo grave había pasado. Sin embargo, me tranquilizó cuando me dijo que su presencia se debía a una orden expresa del doctor Velasco Ibarra: llevarnos con nuestras maletas a la casa presidencial. Me reí y le dije que a esa hora era una locura, que recién pensábamos descansar y que mejor se venga por la tarde. Édison insistió que cumplía órdenes y que no se movería de la puerta y así lo hizo, hasta que decidimos salir.

Comenté con mi mujer este acto de cortesía extrema del presidente, quien se encontraba en plena organización del gabinete presidencial y no se le escapaba ni ese detalle. Proviniendo de un hombre grande, tal demostración de agradecimiento constituía para nosotros un gesto altamente honroso y una gran lección. Pocos momentos más tarde, ingresábamos al Palacio de Gobierno como huéspedes de dos seres humanos de especial sensibilidad: José María Velasco Ibarra y doña Corina Parral de Velasco Ibarra.
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Como anécdota recuerdo el problema permanente que fueron las diarias campanadas madrugadoras de las iglesias que rodean el Palacio, llamando a los fieles para que asistan a misa. Es triste comprobar que estos gestos de gran sensibilidad como el de la referencia, sean tan escasos en los tiempos actuales. Por eso es grato recordarlos como un ejemplo a seguir.

Juan Carlos Faidutti

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