¿Ser o hacerse el idiota?

¿Ser o hacerse el idiota?

David Samaniego Torres

Miro con profunda preocupación –ubicado ya, por voluntad ajena, en el “parque jurásico”, más allá de las leyes del bien y del mal– cómo nuestro Ecuador se erosiona por sus cuatro flancos, mientras una publicidad mentirosa dice a nuestro pueblo que la salud y la educación ya es de todos; Ecuador se erosiona porque su voluntad por alistarse en campañas cívicas se desvanece; porque siente que mirar fijamente al adversario engendra dudas y temores; porque no osa contestar a nadie para no ser ultrajado en su honor por una cadena de medios que rinden pleitesía al poder porque de él comen y porque creen que reinarán 300 años, por lo menos. Me preocupa un Ecuador aborregado, un país que ha enajenado su voluntad por un plato de lentejas, por migajas del poder que envenenan su voluntad y destruyen sus ilusiones. Nunca fuimos ordenados y ejemplares, pero luchábamos por nuestros derechos; jamás fuimos puntuales pero jamás dejamos de acudir a las citas de honor para defender aquello que heredamos de nuestros mayores: amor a la libertad, capacidad de resistencia, orgullo de mujeres y de hombres para no ser ultrajados; como pueblo nunca fuimos ricos al igual que no lo somos hoy, pero jamás vendimos nuestras conciencias ni pusimos precio a nuestro honor e hidalguía.

Me topo esta mañana con esta sentencia de Sigmund Freud (1856-1939): “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo”. Leo, releo y vuelvo a leer, nuevamente. Doy razón a Freud en mi primera lectura y luego me detengo a rumiarla y entenderla, para saber a ciencia cierta qué se esconde detrás de esta sentencia. Dejo para ustedes, amables lectores, que saquen sus propias conclusiones, estas son las mías:

-¿Es feliz el idiota? Creo que no, porque la felicidad es consecuencia de un proceso mental y sentimental que requiere que los cinco sentidos estén muy despiertos para que la persona, no un ente vivo solamente, pueda disfrutar, sentirse bien, alegrarse, ser feliz, es decir, manifestar la concordancia de querer el bien y de poseerlo a plenitud.

-El idiota vive ajeno a los avatares de la vida; no se percata del avance de la maldad; ignora los entretelones de la conspiración e intriga; en consecuencia, no tiene elementos exógenos que perturben su espíritu y si llegan a su puerta no tiene cómo distinguir su bondad o su maldad ni cómo sentir miedo ni gozo frente a su llegada o retirada. El idiota es un mar en calma porque no tiene o no percibe los oleajes que a otros les atemorizan o les llenan de alegría.

-¿Hacerse los idiotas para ser felices? Todo puede pasar en la viña del Señor. Desde mi experiencia jurásica no creo que hacerse el que “yo no fui”, el “carita que sonríe a todos”, el “estúpido a tiempo completo”, el “cómplice mojigato”, el “adulador descarado”, el “aquí puse y no aparece”, el “levanta manos inverecundo”, etcétera, sean caminos hacia la felicidad. El honor no se hipoteca ni se vende, no tiene precio.

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