¿Quién inventó a Correa?

¿Quién inventó a Correa?

Por: Juan Montaño Escobar

La etiqueta de esta jam session es un préstamo al escritor argentino Modesto Emilio Guerrero. ¿Quién inventó a Chávez? Así tituló a la mejor biografía que hasta este sábado se ha escrito sobre el presidente de Venezuela. En la esquina políticamente cambembera se busca por dentro la clave del sostenido liderazgo correísta: ¿los de acá abajo inventamos a los líderes o ya nos vienen como las promociones de fin de año? ¿Qué circunstancias históricas nos facilitan aceptar la oferta de ciertos liderazgos y rechazar otros? Estas dudas aplican para este análisis. De lo que se sabe, Rafael Correa no era un político típico con otro tópico. Nada que ver, su tropo eran territorios académicos, cultivaba cierto espíritu de boy scout, no se le conoce filiación partidista pero se aproximaba a la Teología de la Liberación. Este jazzman sospecha que tiene profunda admiración a Ernesto Che Guevara, por el lado de la militancia romántica de ahí su repetido: “hasta la victoria siempre”. Un antecedente electoral lo ubica ganando unas elecciones en la Universidad Católica de Guayaquil con una fuerza personal más allá del movimiento estudiantil de la ocasión.

Y en eso llegó la gente ecuatoriana impaciente con los malbaratadores de su confianza y las prontas huidas sin pena y mucho descrédito. Irritante aburrimiento popular con el liderazgo político de estos últimos lustros que, salvo la cosmética de ocasión, era más de lo mismo. De sus compañeros y compañeras, ¿quién sugirió a Rafael Correa subir a la tarima en ese momento indicado y con las emociones colectivas previstas? El pragmatismo de ese quién (o esos quiénes) intuyeron que estaban maduras las condiciones para el liderazgo correísta o alguien muy parecido. Qué precisión objetiva: Rafael no es buen orador, poco manejo de masas (la asesoría ha trabajado el asunto), desconocido en la barriada, sin una estructura Lavalás (avalancha) para la movilización popular y recién llegado a los radares de despellejadores y candongueros. A su favor: audacia retórica sin límites, uso mágico de las cifras para ridiculizar adversarios, rompimiento absoluto con lo que la gente identificaba como el “pasado atroz” y que Rafael resumió en “partidocracia”, sustituyó la terminología izquierdista con palabras que estaban ahí (peluconería por oligarquía) y dijo con tal claridad sus propósitos que la mayoría presintió sinceridad.

A Rafael Correa no son sus credenciales académicas que lo encumbraron y allá lo mantienen, en realidad el inicial “arrastre de masas” supo aprovecharlo para invertir en lo que entendió eran los temas de preocupación de los electores. Los teóricos de la operatividad política prescriben que el arrastre popular de los líderes, mujeres u hombres, ocurre cuando a la persona se la cree competente, se asume que entiende mejor aquello que la mayoría de la gente quiere, posee la calidad pedagógica para explicar problemas y soluciones y pocos dudan de su fe brutal en el proyecto propuesto.

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