Sé que vienen a callarme

Sé que vienen a callarme

Por: Marlon Puertas

Los estaba esperando. Bienvenidos. Como ven, no estoy armado ni voy a oponer resistencia física. No estoy preparado para eso. Ustedes son más y más grandotes. A ustedes, les obedecen los policías y los jueces los escuchan con atención. Ustedes manejan el Presupuesto General del Estado, así, como suena, tan poderoso, tan millonario, con tantos ceros a la derecha. Disponen de los gastos, adjudican porcentajes, cuadran las cuentas. En un solo minuto, con una sola firma, pueden alterar la vida de millones de personas y, al mismo tiempo, beneficiar la de una sola. Ustedes tienen el poder y lo saben utilizar. Yo no lo tengo y, si lo tuviese, lo perdería al instante, porque siempre olvido donde dejo las cosas.

Si me conceden el derecho a la defensa, expondré a mi favor que soy periodista, que siempre lo he sido y que mis intenciones para el futuro son -o eran- seguirlo siendo hasta que mi reducido criterio lo permita. O hasta que fuerzas extrañas, o leyes con dedicatoria, aumenten sus revoluciones y despejen del camino las últimas migajas de libertad que estorban en el proyecto.

Pasen, y tómense un café. De aquellos bien cargados, como nos gustan a los periodistas. El café ayuda, entre otras cosas, a pensar mejor. He ahí otro argumento. Nosotros pensamos mucho y, de vez en cuando, escribimos lo que pensamos para que algunas ideas -acertadas o totalmente equivocadas- queden plasmadas y puestas al debate.

Esas ideas, queridos verdugos, no provienen de un remate público ni fueron adjudicadas al mejor postor. Esas ideas, aunque no lo crean, salen gratis, no cuestan nada, ni nadie ha pagado un centavo por ellas. A lo mejor, esa sea una de las causas para que caigan tan mal. Hemos sido criados para no romper esquemas, para que los integrantes de una familia más o menos estemos alineados con el desarrollo normal del clan, de manera que cuando alguien osa desafiar las reglas, todo el núcleo se altera, la hermandad se conmociona, la tribu toda reprende al desadaptado. Y si no consigue regresarlo a la cordura, lo expulsa.

Viendo así las cosas, los de arriba tal vez no tengan la culpa, pero los de abajo tampoco. La idea de una convivencia civilizada consiste, precisamente, en el arte de la mezcla. Que los distintos matices sean los creadores de nuevos tonos, que los colores fuertes no desaparezcan a los débiles, que el rojo no abuse por ser rojo, que el negro no opaque a los demás.

¿Dos o tres de azúcar? Yo les pongo tres. No por ser muy dulce, pero sí para apaciguar la maravillosa amargura de un tinto bien cargado. Déjenme decirles que la pelea, para ustedes, pese a las cabezas que van coleccionando, está perdida, a ver si se ahorran un poco de tiempo. Solo vean más allá de nuestras fronteras. Los tiempos modernos juegan en su contra. La tecnología es el cuco de los tiranos. Y la debilidad de sus líderes, por el momento, está disfrazada con una coraza rellena de votos, a la que las tempestades que se vienen dejarán convertida solo en latas oxidadas.

Gracias por escucharme. ¿Ya nos vamos?

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