¿Asunto personal?

¿Asunto personal?

Emilio Palacio

El jueves, Jorge Ortiz me preguntó si mi enfrentamiento con el poder político no se ha vuelto personal. Le contesté que sí, aunque en mi interior me volví a cuestionar si es adecuado que en público debatamos nuestras motivaciones personales cuando lo que debería importar son nuestras razones.

Si el Gran Insultador, por ejemplo, odia a Guayaquil, a la Universidad Católica donde estudió y a los pelucones; si dijo que hablaba quechua porque ama a los indios y no era cierto ni lo uno ni lo otro; si aseguró que no volvería a Estados Unidos que tanto desprecia y regresó, ¿no son esas conductas suyas las que deberían ocuparnos y no sus afectos y malquerencias?

Para bien o para mal, sin embargo, nuestra sociedad a veces le da más importancia a los sentimientos, así que no pienso rehuir la pregunta. Mi pelea contra la dictadura no solo es cívica, política, ética y moral; desde hace cinco años arrastra, además, un tono personal, luego de que publiqué por esos días un articulito para criticar a un desconocido ministro que luego pisó mil cabezas hasta convertirse en dictador.

Hizo rebuscar en mi vida, mis finanzas, mi entorno y el medio donde trabajo, sin éxito.

Acosaron a mi hermano menor, mis teléfonos están intervenidos, constantemente recibo insultos y amenazas, la radio y la televisión han sido advertidas del riesgo si me dan espacio, los gremios de periodistas también. Y nada.

Me insultan en público, se burlan de mi estatura, de mi nariz y de mi barriga. Un batallón de medios públicos destila veneno en mi contra. Organizan ataques contra el medio donde trabajo. Y nada, el dictador no ha podido vencerme. Los dos artículos por semana que publico en un periódico que ya casi nadie lee (según la versión oficial) han resistido al mayor poder político y mediático que alguna vez existió en Ecuador.

Así que optaron por su último naipe: arrastrarme ilegalmente a la cárcel y a la quiebra.

Con todos estos antecedentes, ¿quieren saber si este es un asunto personal? Por supuesto. Peleo contra la dictadura por razones cívicas, políticas y morales que he expuesto con absoluta claridad. Pero peleo también por los míos. Yo ya viví 57 años y los viví intensamente. De quien debo ocuparme es de ellos, de su estado de salud física y emocional tan atormentado estos días, de cómo sobrevivirán sin mí, de quién pagará los estudios de los chicos y la hipoteca, de cómo hago para que mi hijo mayor siga creyendo en su país y de cómo preparo al más chiquito para cuando los “señores policías” me lleven a un lugar del que solo regresaré cuando él se haya convertido en otra personita que apenas me recordará.

Peleo como periodista pero también, y quizás sobre todo, como ser humano. Y peleo para ganar, consciente del peligro pero convencido también de que las reservas morales del país no han sido liquidadas, y esa será mi fortaleza.

Mis enemigos lo saben porque ellos me arrastraron a esta situación. Que no lo olviden entonces, ni ellos ni sus cómplices. Que no lo olvide el Gran Jefe. Que se mantengan en vigilia con ese pensamiento, siempre.

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