Un siglo perdido

Un siglo perdido

Alfonso Reece D.

Suelo remontar mi afecto por Argentina hasta mi misma concepción, puesto que mis padres pasaron su luna de miel en Buenos Aires. Es una figuración amable para sostener una admiración que en realidad debió surgir de la lectura de los libros infantiles entre los que nos llegaron una biografía de Sarmiento, la adaptación de Una expedición a los indios ranqueles y un relato sobre los rastreadores de la Pampa. Después vendrían los tangos que describían Buenos Aires mejor que un mapa y, luego, las zambas que nos contaron del interior y de más historia, ¿en dónde creen que oí por primera vez hablar de los montoneros, de Lavalle, de Felipe Varela…? También estaban, por supuesto, las revistas 7 Días y El Gráfico, más todos los libros de la entonces pujante industria editorial. Más adelante, descubrir a Borges, a Piazzola, a Ginastera, daría dimensiones cósmicas a lo argentino en nuestro imaginario, mientras el pensamiento se formaba con Alberdi y Bunge.

Atrasado llegué a Buenos Aires, cuando habían pasado cinco décadas desde que mis padres estuvieron por primera vez allí. Mi madre nos solía contar entusiasmada sus visitas al zoológico porteño. En algo más de una semana hicieron tres largos recorridos por la casa de fieras… Mi padre acotaba que esa asiduidad se debió a que la entrada era gratuita, ideal para una joven pareja modesta de un país modesto, para la que era una novísima experiencia, porque en Quito entonces mejor no hablar de zoológico. Yo debía por obligación conocerlo porque además me llevaba Borges con El Oro de los tigres (“oh un oro más precioso, tu cabello /que ansían estas manos”). Este parque es como el paradigma de esa ciudad espléndida, una dama que fue bella pero que no ha sido muy cuidadosa en su madurez. Su esplendor parece detenido hace poco más o menos un siglo, cuando el país era la octava potencia del mundo.

Mañana hace exactamente cien años, esta gran nación festejaba el primer centenario de su Independencia. Algunos analistas hablan de las décadas que mediaron entre esa celebración y la que se llevará a cabo dentro de pocas horas como “el siglo perdido”. Por supuesto que, con pocas y puntuales excepciones, lo ha sido para toda Latinoamérica, pero la diferencia estriba en que en el medio siglo anterior ( circa 1860-1910) Argentina había despegado para situarse en lo que en ese entonces era el Primer Mundo. La grandeza argentina tuvo tres factores: democracia, capitalismo, burguesía. Cuando en los años treinta los golpes y dictaduras militares fascio-populistas alteraron esa ecuación, el crecimiento se ralentizó y el país se atrasó. La ubicación relativa de Argentina en este lapso retrocedió en todos los indicadores, caída que no detuvo la demagogia peronista ni, claro está, los asesinatos de los años setenta, ni los desorientados gobiernos electos. Y, ¡ay!, se eclipsó esa primogenitura cultural que se sentía en Ecuador cuando este columnista era niño. En 1910 entre los visitante notables estuvieron Ramón del Valle Inclán, Georges Clemenceau, Anatole France, Jean Jaures… ¿Si vieron quiénes van mañana? ¡Hugo Chávez y su comparsa! Da rabia y en el corazón Argentina nos duele hasta las lágrimas.

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